Arte, vino, publicidad…


Hace muchos, muchos años, la publicidad era arte. Eso era porque no había marketing ni una cultura popular que lo desaliñara todo. Por entonces había burgueses que querían que sus productos fueran legitimados por el arte de los pintores, escultores o arquitectos. Así fue como, en lo que hoy llamamos diseño gráfico y que antes se llamaba dibujo publicitario, encontramos hoy tantas obras maestras como las de Ramón Casas. Lamentablemente, tanto los vinos como las películas ya no se suelen reclamar con el trazo de los artistas, sino que con una sesión de fotos de una agencia de publicidad. Esta nueva tendencia sólo pasará a los anales de la historia de la psicología de la venta pero a nadie ya se le ocurre colgar estos nuevos anuncios en casa y menos en un museo.

Estoy convencido de que esto es un error pero los departamentos de marketing de las agencias son demasiado convincentes como para perder a sus clientes. Así que para los que todavía tengan un poco de sensibilidad, les recomiendo volver a esas antiguas prácticas publicitarias, ya que al menos el vino o el cartel pasará a la historia como obra de arte. Con esas prácticas se posibilitaba además el mecenazgo de los artistas y sus obras se dan a conocer. Sólo algunas marcas usan en la actualidad obras en sus etiquetas. Esto es de agradecer, especialmente si sustituye una etiqueta con el arquetípico esbozo del viñedo.

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