El vino de Heidi

No es de lejos el destino más deseado para hacer enoturismo y casi no figura en los mapas vinícolas, sin embargo, es una de las zonas más pintorescas y sorprendentes de Europa para descubrir cepas y paisajes, me refiero a los Grisones y la Suiza Oriental.

Quizás los intrépidos conocedores hayan catado los vinos de Valais o de Ticino donde se produce la mayor cantidad de botellas y su nombre tiene más repercusión internacional. No obstante, la zona suroriental del país transalpino es un festival de pequeños vitucultores que con pasión elaboran un vino extraordinario. Estos vinos por lo general no se distribuyen fuera de la región por la baja producción y por la descabellada competencia en los puntos de venta.

Desde Zúric hasta Chur, al sur de Liechestein, se extiende un escarpado valle con dos lagos hermosos, el Zürichsee y el Walensee. En estos valles se enraizan viñedos ya traídos por los romanos con una gran preponderancia de la Pinot Noir que aquí la llaman Blauburgunder. Es por esto que con frecuecia la denominan a esta zona la Borgoña de Suiza, y no es para menos.

A orillas del lago Zúric se encuentra la Goldküste, una las zonas más ricas del mundo pero los viticultores todavía conservan el terruño ante la especulación. A lado y lado del lago podemos encontrar preciosas viñas divididas en producción entre blancos y tintos casi 50 por ciento (chardonnay, riesling, räuschling, pinor noir, gamay, etc.) En esta zona también merece la pena una visita el museo vinícola y la pequeña ciudad de Rapperswil, una joya arquitectónica de tradición vinícola y floral.

A menos de una hora por carretera llegamos a Maienfeld en región los Grisones, la patria de Heidi y que por cierto es posible visitar su casa. Aquí, la viña ya ha ocupado todo el espacio que las montañas le permiten y nos encontramos con mucha más extensión uva que a las orillas del Zürichsee. Esta zona es muy hermosa y sus vinos prácticamente sólo se pueden encontrar en los restaurantes autóctonos o en la misma bodega donde siempre le atienden a uno con mucha cordialidad.

Precisamente, el hecho de que en estas dos regiones la mayoría sean pequeños viticultores desconocidos y vivan de su trabajo con la responsabilidad y el amor de la tradición, los visitantes siempre son bienvenidos y en la bodega podremos catar diferentes variedades y comprar a nuestro antojo. Es obvio que en Suiza no vamos a poder encontrar vinos locales por menos de 10€, pero entre 10 y 20€ hay una gama más que sobresaliente que nos sorprendenrán de manera muy grata.

Quizás estos dos enclaves tengan mucho en común con nuestra Alella por las pequeñas producciones, por el mimo que los viticultores dan a sus vinos, sus particularidades climáticas, por su larga tradición y por la acosante especulación del suelo que hace que cada racimo valga su precio en oro. Todas estas características les confieren a estas zonas un atractivo muy especial y su visita es un obligación ineludible para el viajero enófilo.

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