Cicerón

“Los hombres son como los vinos: la edad estropea los malos y mejora los buenos.”

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Kierkegaard: "in vino veritas"


Tal y como hacía Platón en El Banquete, Soren Kierkegaard escribió su In vino veritas en forma de diálogo, en este caso de sobremesa, en el que se hablaba del amor y, en concreto, de las mujeres con un telón de fondo vinífero.

El filósofo danés contemplaba tres modos o estados de vivir la propia existencia: el estético, el ético y el religioso. De menor a mayor, cada avance a una de estas concepciones de la vida suponía un progreso espiritual.

Si bien es cierto que muchas personas se quedan en un estadio estético, anquilosados en los placeres de la vida, hedonistas compulsivos sin ambición moral o espiritual. No es verdad que uno no pueda ni deba anhelar el placer estético en un estadio superior. En efecto, me parece que ese placer estético, a medida que vamos ascendiendo, se va refinando más convirtiéndose en algo sublime. Decía Kierkegaard que sólo ante Dios uno consigue la plenitud humana, que ahí está la verdad, ergo, el vino debe tener algo de divino, pues de lo contrario sería una herejía afirmar que en el vino también está la verdad así como tampoco podría ser un elemento central en la liturgia.

El vino es un placer estético metafísico. Su disfrute se basa en mayor medida en percepciones tan sublimes como son la coloración y el aroma. Para mí no hay diferencia entre escuchar una composición musical, admirar un cuadro o degustar un vino. Todo ello es arte y como decía Gerardus van de Leeuw: “la religión y el arte son líneas paralelas que se cruzan sólamente en el infinito, allí donde se encuentran a Dios”. Así pues, el disfrute del vino podríamos situarlo en el estadio religioso según la clasificación de Kierkegaard.