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Se podría afirmar, sin equivocarnos demasiado, que todo vino a partir de 10€ es bueno o muy bueno (si ha estado conservado en condiciones óptimas). A medida que vamos bajando, la cosa se complica aunque no es difícil encontramos gratas sorpresas, pero, cuando llegamos a la cifra de 3-4€, el consumo de vino puede llegar a se un deporte de riesgo.
A mi me gusta practicar este deporte, quizás por masoquismo o por mi vena exploradora, y la verdad es que más de una vez ha tenido que decantar el contenido en el desagüe tras el primer sorbo (hay que llegar al final de la cata aunque el olor nos advierta lo contrario).
Aunque parezca imposible, hay más vinos buenos en esa franja que indicios de vida en Marte. Entre ellos pueden ser la Flauta de Bartolo (Jumilla), Coto de Ibedo (Ribeiro), Ramón Roqueta (Bages), entre otros. Mi recomendación de las tres Bs (Bueno, Bonito, Barato) es para el vino para el vino de la cooperativa de Falset, que a poco más de 2€ todavía da la talla.
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Somos lo que comemos


“Somos lo que comemos” es una afirmación tan popular que aunque no esté muy fundamentada científicamente, es bastante plausible. En este país, el cerdo es el Rey indiscutible de la mesa y nosotros lo ingerimos de mil formas distintas sin desperdiciar nada. No sé si genéticamente evolucionamos hacia este animal, pero lo que es cierto es que sus células pululan por nuestro aparato digestivo habitualmente y son absorvidas por nuestro organismo.

La cultura tradicional catalana tiene un dicho que asocia el sacrificio del animal con el descorche del primer vino, el vi novell: “per Sant Martí, mata el porc i enceta el vi”. Esta fecha corresponde al mes de noviembre, cuando la sangre del cerdo se decanta como el vino nuevo. La fiesta de la matanza se riega de ese color sangre, de cánticos y gritos de dolor, de trabajo en familia para preservar la carne del animal en embutido para los meses de carencias.

Para honrar a tan repudiado animal, los del Celler El Masroig, sacan un vino “novell” conmemorativo delicioso con la tipicidad del Montsant. Un vino que hay que terminar antes de cuaresma pues es cuando su esplendor es capaz de alumbrar con mayor intensidad.

Enlace a “Vi novell”

el vino del burro


No es normal que compre un vino por la etiqueta, y mucho menos por su nombre. Sin embargo, Cap de ruc me llamó la atención. Me preguntaba si es posible que alguien llamara a su vino idiota, ya que en catalán eso significa ser un cabeza de burro.

Tengo que admitir que el vino no es para idiotas, sino que puede darse el caso que sea idiota el que no lo compre. A un precio muy económico, este tinto supera con creces las espectativas de lo que denota. Fresco y consitente, este vino es capaz de aguantar todo plato que le den, inlcuso una zanahoria.

Actualmente, los catalanes han elegido a este animal como símbolo de su país. Aunque a muchos les pueda parecer un suicidio identitario, en realidad, no lo es. El burro tiene connotaciones negativas injustas. Se lo ha creido el pariente pobre e idiota del caballo, pero el burro ha sido el animal sin el cual el hombre jamás se hubiera convertido en sedentario. Indispensable en el campo y en el transporte interurbanos de no hace más de cincuenta años en la península ibérica, el burro ha sido un animal insustituible y eficaz. Más longevo, adaptable y resistente que el caballo, el burro también ha tenido su aportación al vino, ha transportado cestas y arrastrado carros en la vendimia durante muchos siglos. Bendito sea el burro.

Enlace a “Cap de ruc”

Un vino de Sefarad

Una de las grandes virtudes que posee el olfato es la capacidad de llevarte a otras épocas. Es la máquina del tiempo más simple y eficaz que conozco, con permiso de la música. El Peraj Ha’abib o Flor de primavera consigue hacer eso conmigo. Tiene aromas de arándanos y dulce de leche que también pueden percibirse en la suavidad de su paso por boca.

Hace años presencié un concierto de Jordi Savall y su música fue capaz de hacer lo mismo que este vino, llevarme a la misma época. Sentí que estaba en la Edad Media, o que ésta había venido a mí, aunque dicha consideración metafísica no viene al caso ahora. Me pude imaginar una encuentro de amantes en la Sefarad tolerante y plural. Allí, los enamorados bebían un Peraj Ha’abib, tan delicado y frutalmente acaramelado. Su amor trascendía el tiempo y los sentidos, como el vino y la música.

El Flor de primavera hay que beberlo sin acompañamiento gastronómico, para poder vagar por el tiempo hasta el final del concierto.

Enlace a canción sefardí
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Acústic blanc

Dicen que los esquemas están para romperse, y este vino rompe algunos. Siempre se asocian los vinos blancos a los lugares frescos y fríos. Al norte de Europa o los lugares azotados por las corrientes frías del océano. Menos populares y menos apreciados son los blancos de la tierra de tintos. El Acústic podría ser uno de ellos. Nace en la DO de Montsant, hermana de la DO Priorat. Sin embargo, este vino se reivindica a sí mismo con las garnachas, blanca y tinta. Las acompañan en su viaje etílico, la pareja indisoluble del cava, la xarel-lo y macabeo.

Cuando se habla de vinos, se habla de comida. Yo mismo lo hago, es inevitable. Así que envés de hablar de lo bien que acompañé la fideuá con este blanco, hablaré de otra asociación no menos posible, el vino y la música. Además, su etiqueta lo reclama. Este vino es muy caribeño, aromas de cítricos y una brisa de piña. Un vino ácido y fresco debe ser acompañarlo con música del paralelo 0. Mi elección, fácil, Totó la Momposina, una mujer sin parangón. Mezcla de ritmos africanos e indígenas americanos. Desde las playas del sur de Barcelona brindo por esta mujer con este vino acústico y recordando mi maravilloso viaje a Colombia del pasado año.

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