El vino de Barcelona

Seguro que muy pocos lo saben, pero en Barcelona hay una viña que produce el vino de la ciudad. Esta idea, algo peregrina, fue del ex-alcalde Joan Clos que acabó en fiasco porque pretendía aunar, en unas pocas hectáreas, las vides mediterráneas más significativas: ibéricas, italianas y griegas, sin tener en cuenta el clima y el suelo. Muchas de las cepas no se adaptaron y el proyecto faraónico sólo usó para los actos oficiales de la ciudad condal. Pasaron los años, y la urgencia de dar un sentido al extremado coste de la estupidez política, se destinó la finca a un proyecto social de jóvenes con riesgo de exclusión y discapacidad mental. En Can Calopa residen y trabajan ahora 12 chicas y chicos, que con una plantación mayoritariamente de syrah, elaboran el único vino de Barcelona. A partir de este año saldrá a la venta para financiar su proyecto social gestionado por la Olivera, así que si lo ven en la bodega, no duden en contribuir.

 

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Flow

El flow es una creación de la bodega biodinámica Sota els Àngels a base de syrah, merlot, viognier i picapoll, aunque de estos últimos las cantidades son casi despreciables. Es un tinto de poco cuerpo y pigmentación. De tonos rubíes hacia caramelo en el ribete. Los aromas son complejos y duraderos: col fermentada, aceitunas negras, vainilla, compota de higos y yodo. Su paso por boca es equilibrado y largamente persistente. Es un vino franco y muy apetecible. Perfecto para huevos, montaditos, carnes blancas o verduras a la plancha y platos a base de patata. Se lee muy agradable con el, muy meditativo y euclidiano (flow: todo fluye).

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Vino de "Messi"

Como otros VIP, ya sea del mundo del espectáculo o del deporte,  Leo Messi eligió el camino del vino para sus actividades extra-profesionales. Pero, como los hijos de los célebres, nunca están a la altura de sus padres. Esto es lo que le pasa al Leo, un monovarietal de Malbec. Además, su precio es un tanto elevado por poco juego que da.

 

En realidad, no es un mal vino, pero se espera mucho de Leo, siempre. Para mi gusto, es un tinto para quesos, que tan difíciles son de regatear. Y no se crean que el queso nació para estropear los vinos, sino para salvarlos en el último minuto. Sin embargo, este no es el caso, Leo aguanta bien sus patadas, incluso hace buenos regates. ¿Y lo del precio? Se paga, que es para una fundación infantil.
Una cosa imperdonable es que la etiqueta sea una camiseta ¡BLANCA! Una mala pasada o un despiste imperdonable, ¡le hubieran puesto la albiceleste al menos! Yo como soy barcelonista, se la pinté azulgrana no sea que se me agrie el vino en boca.

Enlace a “Leo”

Un vino por los aires

… o un vino de altos vuelos sin la galantería de la enología casposa. He aquí un vino sin marqueses, sin escudos de armas ni coupages recalcitrantes. Tenemos un tinto hecho por artistas de la fantasía, con iconografía circense a base de garnachas.

El “hombre bala” nos demuestra que el vino se puede reinventar, reconstituir, rejuvenecer. No diré que partiendo de cero, pues se elabora con cepas viejas, pero sí, tomando altura y viendo las cosas desde otra perspectiva. Todavía queda margen para la creatividad en este mundo del vino y esto lo han aprovechado tres enólogos que se hacen llamar Comando G (nunca me perdía un capítulo en mi infancia) y Quim Vila de la Viniteca para lanzar esta marca.

Y en cuanto al vino, ¿qué? Bueno, muy bueno, tal vez algo subido de precio, pero eso precisamente no te hace bajar de la nube. Garnachas como garnachas: frutos rojos maduritos, pero además, aromas de flores y piedras con rocío, huele a monte, frescor, mucho frescor. Entra también como una bala, rápido sin darte cuenta, y cuando te das cuenta con los amigos, el casquillo está vacío.

Cénalo con amigos, pasta, gnocchi con pesto siciliano, una tortilla o Quiche de verduras. Y seguid después con cine o música para acabar el número.

Enlace a “El hombre bala”

Asteroide D-12

Este vino con nombre de asteroide es uno de los más equilibrados que he catado. El Lan D-12 es un tinto que tiene una nariz muy proporcionada (de la fruta a la pasa), pero lo mejor es su paso por boca, allí es donde sus cualidades son extremadamente ponderadas. El D-12 te deja la boca tal como la encontró, sin retorcerte de acidez, ni seca ni abrasada. Tras una entrada potente, se marcha dejándote con un postgusto armónico, consonante, sensato. Para mí, este sería el asteroide que le hubiera gustado encontrar al Principito tras su peregrinación por los asteroides habitados por desequilibrados, incluido el del borracho que bebía por vergüenza de ser un borracho. Precisamente, podríamos comparar el D-12 con esta misma obra de Saint-Exupéry, un libro (vino) tan agradable y accesible que pareciera infantil aunque, en realidad, su destinatario sea un adulto sin prejuicios que no ha perdido la ilusión y curiosidad por la vida.

Enlace a “Lan D-12”

Tern, un almuerzo en el campo

Mucha tinta se gasta hablando de qué vino tomar con este o ese plato, sin embargo, poco se habla de qué vino elegir dependiendo de la hora del día o incluso el lugar de consumo. Precisamente, pensaba yo qué vino me llevaría a un picnic, a un almuerzo en el campo, al estilo Manet.

En el campo, hay algunas características del vino que se pierden como ciertos aromas, y, otras propiedades se mezclan en el contexto particular como puede ser el aspecto visual.  Yo pienso que para estas salidas, el vino debería ser algo alcohólico (13 – 15 grados) para que dé más alegría al grupo, también debería ser muy vistoso y con agradable sabor, no demasiado ácido. Entre la multitud de posibilidades en la bodega encontramos el Tern, un vino tinto con un talante brillante y pigmentado, con aroma de finas hiervas, coca de vainilla y frutos como la grosella, pera y la fresa, y, en boca te da mucha suavidad y un repunte de dulce.

A parte del vino, lo que también les recomiendo para el campo es que después del almuerzo reserven un rato para hacer una buena siesta.

Enlace a “Tern”

swiss made


Gloria y Ruedi, unos amigos de Suiza, nos visitaron este verano tan caluroso. Como en este país no es fácil encontrar tintos de las montañas mágicas, les pedí el favor de traerme algo que me pudiera despertar nuevas sensaciones enológicas, y así fue como llego un merlot suizo a la costa mediterránea.

Para nosotros, los meridionales, que estamos acostumbrados a la opacidad y la los olores compotados, el primer contacto con los tintos transalpinos es como pasarse a la leche desnatada, clara, casi sin aromas ni sabor. Sin embargo, la realidad no es del todo así.

Cuando ya nos hemos acostumbrado a la sutileza de los acordes de esta obra tocada piano, es como si entráramos en una pradera: hierba, flores salvajes, gramíneas, plantas aromáticas, algunas setas. Quizás sea pura sugestión geográfica pero estos vinos son naturaleza viva. Incluso, se me pasó por la cabeza que me olía a appenzeler, pero resultó que el olor a queso volaba desde la mesa. Lástima, eso sí que hubiera sido un hallazgo aromático excepcional.